Actividad Integradora 2 Interpretación crítica

Qué dicen los datos, y qué no

Lo que apareció al cruzar los números: incluye algo que contradice mi propio diagnóstico inicial y también lo que los datos, por ahora, no alcanzan a demostrar.

¿Qué muestran los datos?

Que incumplir es lo normal, no la excepción. Apenas 9 de 40 proyectos (22,5%) se entregaron el día prometido, y en promedio tardamos 68,6% más de lo ofertado: 6,88 días frente a 4,08.

Y muestran algo que no esperaba: que mi propio diagnóstico estaba exagerado. En la fase anterior dije, a ojo, que las entregas tomaban «entre 9 y 14 días». Medido, la mitad de los proyectos se cierra en 6,5 días o menos, y el rango real va de 3 a 14. Los 14 días existen, pero son el peor caso, no la costumbre. Me quedé con los proyectos que más me dolieron y los tomé por la regla. Eso es justamente lo que uno deja de hacer cuando empieza a medir.

¿Qué patrones aparecen?

El problema no está repartido. Electrónica y domótica acumula 4,2 días de retraso medio y no cumplió plazo ni una vez, mientras custodia digital se queda en 1,4 días y cumple el 38% de las veces. Migración Unix-Linux queda en medio: 3,3 días y 23%.

Hay un punto donde el equipo se quiebra. Con cuatro proyectos o menos a la vez, el retraso medio es de 2 días; pasando de cuatro salta a 4,91, unas 2,5 veces más. No se degrada poco a poco: se rompe de golpe.

Pocas causas explican casi todo. Tres de las seis se llevan el 80% de los 112 días perdidos: sobrecarga del equipo (40%), falta de repuestos (27%) y cambios de alcance (13%).

Y el cliente lo nota. Quien recibe a tiempo califica 4,78 sobre 5; quien espera cinco días de más baja a 3,21. La relación entre retraso y satisfacción es de las más fuertes que salieron (r = -0,92).

¿Cuáles son las causas probables?

La de más peso es de capacidad, no de habilidad técnica: aceptamos más trabajo simultáneo del que el equipo aguanta. Cuando se juntan más de cuatro proyectos, ninguno recibe la atención que necesita y terminan atrasándose todos a la vez.

La segunda es de abastecimiento, y explica por qué domótica es la peor línea: en el 46% de sus proyectos faltaba equipo de terceros el día de arrancar, y cuando eso pasa el retraso sube a 5,5 días contra 2,12. El fallo está antes de empezar, al comprometer una fecha sin confirmar que el material llega, no en cómo se ejecuta el trabajo.

La tercera es de alcance mal cerrado: el 42% de los proyectos recibió cambios del cliente ya empezados, y eso duplica el retraso (de 1,9 a 4 días).

Con todo, conviene no pasarse de confiado: esto es correlación, no causa demostrada. La relación entre carga y retraso es moderada (r = 0,37), bastante más floja que la de retraso con satisfacción. Bien puede haber una tercera variable (la complejidad del proyecto, por ejemplo) empujando las dos cosas a la vez. Y los extremos de la muestra son frágiles: en los niveles de carga 1 y 7 hay un solo proyecto, así que la tendencia solo se sostiene entre 3 y 6.

¿Qué decisiones tomar?

Los datos confirman las tres decisiones que ya había propuesto, pero cambian el orden. Lo que planteé como decisión estratégica a un año (poner un tope de proyectos por técnico) resulta ser la de mayor impacto, porque ataca el 40% de los días perdidos. Habría que adelantarla.

Para esta semana: no dar fecha en un proyecto de domótica sin confirmar antes que el equipo de terceros llega. No cuesta nada y ataca la segunda causa del Pareto.

Para los próximos meses: cerrar el alcance por escrito antes de empezar, y volver a cotizar el plazo si el cliente pide cambios en el camino.

Y una que los datos sugieren pero que tomaría con pinzas: ajustar los plazos que ofertamos según la línea de servicio. Prometer cuatro días parejos cuando domótica entrega en 8,3 es una promesa que nace rota. Pero subir el plazo sin arreglar la operación solo maquilla el indicador: el cliente esperaría más y el equipo seguiría igual de ahogado. Sirve acompañando a las dos medidas anteriores, nunca en lugar de ellas.